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 Ignacio García

 

Su nombre hasta ahora

Ezra Michelet Ediciones

Un avance

Capítulos 1 6 30


 

 

 

 

Y se fue el hombre a la tierra de los heteos,

y edificó una ciudad a la que llamó Luz,

y ese es su nombre hasta ahora.

 

Jueces 1:26

 

 

 

 

 

Tal vez un ángel

Te dé un poco de su tinta

Para que puedas escribir

Esto que ahora ves

 

Georges Schèhadè

 

 


 

 

M

uéstranos  ahora la entrada de la ciudad, y haremos contigo misericordia...

Las palabras traspasan su mente. Las palabras son molinos de luz en el flujo de la sangre. Son bálsamo y aceite a lo largo del cuerpo, y  llegan al corazón y lo suavizan,  o bien, lo hacen saltar en lúcidos espasmos de una paz que sobrepasa todo entendimiento.

    Por lo mismo, por esa paz que derrama a la razón, iba él a escribir un nombre en la primera página de este cuaderno,  pero se arrepintió. Porque a fin de cuentas, eran sólo cinco versículos de Jueces en el Libro. Cinco versos en los que sólo se le refiere como “un hombre”, “aquel hombre”, “el hombre”. Este pasaje bíblico, es la punta de un recuerdo luminoso;  y él sabe que bien pudo haber escrito cualquier nombre y no hubiera sucedido nada, pues los nombres son sólo un nombre entre un infinito de nombres que han ido y venido, y éste, es un sin-nombre tocado por aquel otro, el verdadero Nombre. Y sin embargo ¾otra vez¾ tuvo que arrepentirse, porque a sus ojos y débiles sentidos les era imposible no testificar, en lo insondable de un espíritu antes vacío ahora rebosante que, efectivamente, aquella Escritura había conmovido lo más hondo de  su corazón y mente.

   

De eso da fe hoy[1], vestido con esta  camisa azul, y jeans también azules de mezclilla, con las rodilleras decoloradas y raídas. Rememora, apoltronado en una hamaca en la que disfruta del  sueño. Escribe, en este cuaderno, tabla lisa en su memoria, y con esta pluma fuente cuyo depósito de tinta no tardará en extinguirse. Todo lo recuerda a destiempo, sin dar demasiado crédito a la invasión del sueño, pues no sabe si lo sucedido aquí y luego trasladado a las hojas en blanco, conserva el equilibrio de los ayeres y mañanas, o la misma fuerza que lo hundió en aquel universo huraño y negro, también quebrantó el eje de los tiempos, y lo narrado aquí debe iniciar más bien con el final que con el principio, con el reverso y no con el anverso, con lo finito y no con lo infinito.

    Deshilados los años y los días, y luego trabados éstos en el telar de las neuronas que hacen posibles y vívidos los recuerdos, este cuaderno debió iniciar con una madeja de luz, un  río de magma y fuego: ese murmullo de guerra  con el que la ciudad de Bethel ¾aquella mañana de frío y anestesia¾ levantó a Roberto, no sólo de la cama, sino de los escombros de la existencia y los deseos sofocados.

     Da testimonio hoy, con un sentimiento de alivio. Lo da, poniendo el ojo en ese centro de luz que, bajo súbito fogón, va y viaja de la córnea al eje del cerebro, y de allí se dirige al tímpano del oído. En ese lugar, por alguna razón no esperada, vuelve a escuchar las palabras que, unos tres meses antes, precedieron a la lectura del pasaje de los Jueces:

 

«Si el ser humano que se halla inmerso en la confusión quiere recuperar la seguridad y la inocencia, está obligado a reconocer en sentido inverso el camino que, en medio de mil angustias y mil tormentos, le hizo ver que no llegaba a ningún lado, y a despojarse de todo lo que le prometía conducirlo a sí mismo; a renunciar al encanto seductor de una vida guiada por su propia voluntad, en busca de fantasmas, tan pronto como fue capaz de volar con sus propias alas. El peligro reside, sobre todo, en que el hombre ingenuamente ignora todo esto. Y si se lo dicen, no puede comprenderlo. A su egocentrismo está ligada una deformación de la realidad. Su mirada está confundida. No puede entonces comparar y no comprende la diferencia entre lo que él es y lo que debería de ser. En efecto: lo que él debería de ser, y cómo puede llegar a serlo, no puede decirlo a priori: no es otro estilo, una orientación diferente de su vida cotidiana, tampoco un modelo que pueda seguir y realizar; no es nada que pudiera realizar por sí solo.

     »Dejar que cada día los pensamientos se estiren hasta sus límites e incluso más allá. ¿Podemos aprender a mirar y cuestionar de tal forma que el pensamiento se niegue a sí mismo dentro de las profundidades de lo desconocido? ¿Existe una manera de hacer tal pregunta a fondo sin confiar  en absoluto de las palabras? Las palabras se entrampan siempre que estamos ciegos frente a la porción  mayor que permanece en la superficie, y permanecerán así en tanto sigamos en nuestra respuesta física ante el mundo, que en realidad es lo que para nosotros se volvió el mundo. Lo importante, no es si las cosas suceden de alguna manera cierta,  sino si se hará el movimiento más ligero para escapar de ellas,  sin importar lo que sean»

   

    Lo que se volvió el mundo para Roberto.

    La duda si él hará ese movimiento que lo libere del absurdo estado en que se halla. Si su mente y corazón tendrán la fe para  ser transformados y, en un asalto de lucidez como regalo, poder llegar a la comprensión de las palabras escritas primero en aquel pasaje de los Jueces, y ahora en los espacios de su memoria:  “Muéstranos ahora la entrada de la ciudad, y haremos contigo misericordia.”

 

***

Esto es en lo que piensa Roberto, bajo un sol abrumado por su propio calor matutino. Es lo que recuerda,  cobijado por el vuelo rasante de los pelícanos y el vocerío de las mujeres que llegan hasta la palapa para ofrecer sus chiles rellenos y aguas de horchata. Los pensamientos se evaporan a nivel del cerebro izquierdo. Roberto cierra los ojos, y hunde las páginas de su vida en aquellos días cuando decía:  “Yo puedo dejar de beber cuando quiera” ¾lo decía sonriendo con malicia.

    Porque en su interior, él sabía que si dejaba el alcohol, iban  a comenzar los delirios. Como aquellos, en una fecha como éstas, de Fiesta de Santa Ana en Boca del Río. Los delirios fueron  quietos y reposados:  Estaba él con la mirada fija en la franja donde se juntan el mar y el río. Grandes crestas de espuma se elevaban en el aire al contacto de las dos corrientes. En medio de ese chasquido brumoso, el sol aparecía y desaparecía de sus ojos, unas veces turbio y poblado de cenizas marinas, otras con el aura violácea, y otras más como una naranja jugosa y recién lavada. Tenía los ojos casi cerrados y con ganas de adquirir un sueño profundo. Pero no podía dormir, no quería más bien dormir, para no dejarse llevar por ese flujo de conciencia que hace bajar del cerebro las más terribles visiones. 

    Hoy parece distinto. Tiene un sueño tranquilo. Uno similar a esa página marina que viene y va con un cedazo de espuma, y pega y salpica su cara, y le hace dormir y soñar. En el sueño, Roberto toma la pluma y dibuja un ojo enfebrecido y un corazón lleno de una paz que, no sabe por qué, sobrepasa todo su entendimiento.

  

 

Por eso decide escribir en este cuaderno. Quiere dejar constancia de su retorno. El cuaderno arrugado y de hojas maltrechas, contiene los pensamientos de Roberto. Pero, más que  pensamientos, ráfagas mentales zurcidas de amnesia y delirios. Lo escrito aquí por Roberto, son estallidos sin orden que se suceden a destiempo y entrelazan más que con palabras con hilos de imágenes e ideas; son el caos ordenado y puesto a punto en las páginas de una libreta a rayas. Dice Roberto mismo: “Esta escritura es un juego pirotécnico que sube a  las constelaciones; es un corazón hecho cohete que revienta en la espesura de la noche y deja ver guirnaldas incandescentes. Cada uno de esos botones de fósforo (dispersos en la vaguedad infinita del negro cielo), son la sangre de las imágenes aquí detalladas. El sabor de la pólvora, de los labios de quien enciende, es similar al aroma que ha dejado en mí este ejercicio de la mente”.

 


 

 

6

Hasta donde la luz de su memoria alcanza, el alcohol siempre ha sido parte de su conciencia y de su vida. Roberto nació en una población ferrocarrilera, cerca de los grandes volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl,  donde la mayor parte de los pobladores sobrevivían del negocio provisto por el paso de los trenes de pasajeros y de los ingenieros que construían una nueva carretera en el pueblo. Puestos de fritangas y atoles, ropa de Chiconcuá y zapatos traídos de León, y una hilera de tendajones con sardinas y otros enlatados, formaban el negocio de la zona. Los furgones llegaban a esa estación cargados de sacos de maíz, avena, lenteja y trigo,  que eran después vaciados en las eras, para luego ser distribuidos en la ciudad a través de empresas del gobierno. 

    En todos los sentidos, física, social y moralmente, nació en el lado malo de los rieles: una zona destinada a los que ganaban menos y  que los rieleros llamaban, no sin cierto sarcasmo, la Bruja, por aquello de su fealdad, mala suerte, además del destino oscuro que habían tenido muchos antiguos habitantes del caserío. Tendejones disfrazados, expendedores de aguardiente y pulque: cantinas y antros, prostíbulos y casas de juego,  casi igualaban en número a los otros negocios, así como  a las casas-furgón  que se habían estacionado para servir de habitación a quienes trabajaban en las vías. En esos antros, los hombres  pasaban la mayor parte de su tiempo libre. 

    Tal vez era por  eso que ¾ya estando en la preparatoria que lo llevaría a estudiar el campo de la programación de computadoras ¾a  Roberto le ponía triste escuchar a Eric Burdon cantar La casa del sol naciente. Aquella melodía le recordaba sus días de la Bruja, la ruina de tantos hombres, los cuerpos tendidos sobre los durmientes debido a las filosas navajas que el alcohol les encajaba, a pesar de sus confianzas en esas estatuas que representaban a un Dios altísimo crucificado. Aun así, Roberto no se opuso nunca a pertenecer a la Bruja. Igualmente, la amaba y la odiaba: de esas casas de sol naciente, emanaban también sus recuerdos de niñez más ásperas e hirientes.

    Era por ello que el recuerdo del lugar lo estremecía. Le recordaba conductas y actitudes que había desarrollado:  una torre cuya cúspide era  la forma lastimosa en que hoy vivía. Y es que  creció con el sentido de creerse siempre “menos que otros”:  cabizbajo y melancólico, cortejador de la gente y deseador insaciable de estímulos y logros. Le recordaba también (por algunas referencias y analogías del lenguaje de las que hoy tiene que echar mano para saber por qué o cómo diablos llegó a esta situación de negra compulsión por la bebida) que a la estación de la Bruja no sólo llegaban los furgones cargados con sacos de cereales: llegaban también las barricas y odres de pulque provenientes de Apan, Hidalgo.

     Mientras enciende otros Faros y se sienta en uno de los escalones del pequeño muelle, Roberto vuelca sus recuerdos sobre el lugar de su infancia. Se vuelve a arrastrar entre los durmientes de las vías. Se esconde debajo de uno de los vagones. Hierro mojado. El penetrante olor del óxido en los rieles. El aroma a melaza y frutas, a yute y polvo de mazorcas. Roberto ve de pronto cómo  la mente se traslada a lugares y situaciones que caen como relámpagos cortantes sobre su memoria: se mira deslizando el cuerpo bajo la casa-vagón que sirve como almacén del tlapehue[2].  Saca del bolsillo del pantalón un carrizo; levanta el tapón de la barrica, y sorbe con placer la carne de los dioses.

    Lo que entonces siente, es que el mundo se le transforma, lo deleita y empuja a fronteras nunca antes alcanzadas. A sus 14 años es capaz entonces de destrabar su lengua, quitar el pesado escudo de la pena y la vergüenza, y enfrentar a los demás con una mente que, le parece, no es la suya sino de alguien a quien él mismo desconoce pero puede encontrar cada vez que ingiere aquel “caldo de oso”.

     Así lo hizo durante mucho tiempo, hasta el  día en que Naranjo, un tipo huraño y maldiciente, y jefe del almacén desde que Ferrocarriles Nacionales decidió poner a disposición de la empresa contratista de las carreteras “personal especializado” para transportar el material en furgones de carga,  lo agarró con las manos en el tlapehue. 

     ¾ ¡Ora, pinche escuincle cabrón, deje de estar ordeñando el barril!” ¾había sido la pronta reprimenda de Naranjo. Pero la reacción de enojo fue fugaz, porque al rato, ya le estaba enseñando a tomar “algo más fuerte: “Un madrazo, pero  para hombres”.

    Ese fue el inicio de muchas más incursiones al campamento de los obreros e ingenieros que construían la nueva carretera. Éstos, le fueron instruyendo en la ingesta de bebidas “para aguantar el pinche frío”, y también “para hacerse más hombrecito y tener suerte con las viejas”. Por no añadir, al eslabón de sus correrías etílicas, sus visitas a los talleres donde los mecánicos le habían dado a probar mezcal del bueno; de ése que llegaba vía ferrocarril a través de los garroteros y auditores, “directito de los alambiques de Oaxaca”.

     Fueron también estos “contactos” los que le dieron oportunidad de hacerse de amigos y gente que más tarde impulsarían su carrera profesional. El sindicato ferrocarrilero lo becó para que estudiara, primero la secundaria y luego la preparatoria en una escuela de la ciudad de México. Allí se destacó editando un periódico. A pesar de sus atavismos y miedos, la fórmula mágica de “si no puedes, toma un trago de alcohol”, pronto le hizo obtener  entre sus condiscípulos el liderazgo del grupo. De allí, y gracias a Mateo El Chivo Macías, orador oficial en los asuntos del sindicato, pudo llegar a la Universidad  Nacional y luego especializarse  ¾cuando ya El Chivo Macías era líder de la sección centro del mismo sindicato¾  en la entonces incipiente carrera de análisis y diseño de sistemas para computadora. El éxito y el futuro nunca parecieron tan cercanos  a los ojos y sentimientos  de Roberto.

 

 

***

  ¾Oye, Roberto, aquí  Papayo Macho dice que conoce a un lugar  como el que tú buscas... Ese que se llama quién sabe como madres...

    Roberto asiente, pero no presta atención al llamado de Boni. Sus ojos están puestos en el brillo de otras dos botellas de güin vacías, y en el color rojo oscuro de una rosa que se tuerce entre las piedras. Las puertas de la memoria siguen abiertas. El sol ha comenzado a descender por la ladera oeste y las nubes a tomar un color bronceado detrás de la estela luminosa del astro. Es una hora incierta. La hora en que arriban más imágenes con su halo de rieles y casuchas entre los manzanares; las de ventanas sin cristales de las que   cuelgan los botes de quaker-state, siempre repujados de geranios. 

    Una tarde ¾recuerda ahora Roberto¾ se puso a recorrer uno por uno de aquellos  viejos vagones-casa.  Se dio cuenta que las calles no tenían nombre, y que, de tanto andar y meterse entre el laberinto de carros, perdió la noción del tiempo y del espacio y ya  no supo cómo regresar a su propio vagón. Así es que fue a dar a uno de los tendajones expendedores de alcohol. Estaba lleno a la mitad. A Roberto todos los parroquianos le parecieron iguales: sin sentido de la verticalidad; unos cantando y otros jugando baraja española y, menos afortunados otros, botados sobre el piso de madera del furgón. Salió de allí sin saber de qué lado de la vía estaba. Supo, eso sí, que para llegar al otro lado, era nada más atravesar los rieles y descender por una larga escalera hecha de durmientes “curados” con diesel. Fue cosa de caminar por una vereda aplanada con tezontles, para poder advertir que allí las casas-vagón sí tenían cortinas, estaban pintadas con cal y añil, y algunas hasta antena de televisión tenían. Era la parte que habitaban los líderes sindicales y jefes menores. Roberto se esforzó por no comparar esos caseríos con los del plano de la Bruja. Siguió perdido, hasta que decidió regresar subiendo por las escaleras.

    La borrachera casi se le había bajado y, tal vez por instinto y por vergüenza, quiso sentirse neutral. No quiso cuadrar su atención al hecho de que su extravío obedecía al haber bebido en exceso. No quiso creer que en aquel vagón-cantina, entre la luz mortecina de un quinqué, y recostado contra la pared de la que colgaba un calendario del Dr. Shultz, se había visto a sí mismo totalmente briago y perdido.  Prefirió omitir este hecho. Se echó a caminar por la serie de durmientes, hasta que se cansó. Recuerda haberse quedado dormido en un cruce muerto, hasta que, intempestivamente, apareció el bonachón de Robayna que salía de uno de los furgones donde sesionaba el sindicato; caminaba con un libro bajo el brazo y un cigarrillo entre los labios. Aquella noche, este Robayna le preguntó intrigado: “¿Qué haces aquí tan solo?. Mira nada más, andas hasta la madre. Ven, te invito a tomar café a mi casa”.

 

 

***

 Por un instante, cree mirar en el reflejo de las botellas de caña, otra vez los ojos inquisitivos y relampagueantes,  y la figura silenciosa  de Clemente Robayna en la noche de aquel invierno frío. Robayna era ferrocarrilero,  no grillo ni pendenciero, más bien un hombre de esos que entre la gente de los trenes es llamado “maestro”, cuando no “profesor” y hasta “padre”. Era un tipo grueso, de un metro ochenta de estatura y un  rostro encendido por la media docena de whiskies con los que empezaba cada mañana,  y los dos o tres con los que cerraba la noche, para poder “dormirla”. Nació y pasó su niñez  en la región vasca de España, hasta que su familia tuvo que emigrar a México cuando la guerra civil española. El padre, de formación intelectual en la Sorbona de París, había regresado a su tierra para continuar con la publicación de  un semanario que padres y abuelos habían dejado en el relevo. El ser cabeza visible de un semanario que estaba a favor de la República,  había puesto al padre al frente de los primeros exiliados españoles rumbo a las costas de Veracruz. Si el destierro fue cruel, también es cierto que tuvo sus momentos de fortuna cuando llegaron a México.

    Aún niño, Clemente Robayna había visto llegar a su casa de Tlalpan a los amigos de su padre, entre quienes podía contar a José Gaos, al filósofo Xirau y al poeta León Felipe. Presumía también de haber estrechado la mano de Trosky, haber cargado la bolsa con pinceles de Diego Rivera, y comido galletas en el jardín de su casa con Tina Modotti, un día en que ésta fue a tomar algunas fotografías a su padre.

    Aquella noche que Robayna lo llevó a su casa, Roberto conoció a otro tipo que le impresionaría a lo largo de su vida: un tipo huraño y melancólico de apellido Ramoneda. Este Ramoneda, catalán que había pasado su adolescencia en el mediodía francés, era uno de esos tipos que en lugar de ideas traen libros en la cabeza,  o bien, si traen ideas las ordenan y extraen como si estuvieran leyendo una bibliografía inacabable. Esa noche, en que fueran a  tomara un café y platicaran un rato, Ramoneda estaba de visita.

 

 

***

Si en este instante Ramoneda echara un ojo al ojo de Roberto, quien se halla aquí, bebiendo güin en el solar de Boni, vería a Roberto sentado frente a Robayna, y a un lado de éste al mismo Ramoneda  apoltronado en el sillón de cuero que, a poco tiempo de su llegada a la ciudad de México, había hecho llegar, junto con otros muebles, el gobierno de Cárdenas al padre de Robayna. Sentado en ese sillón, Ramoneda pasa mucho tiempo en silencio.  Juega con los pulgares, dándoles vuelta y tallándolos el uno contra el otro. De pronto, adquiere un estado de trance e inicia, sin permitir que se le interrumpa, una charla que va a terminar hasta altas horas de la noche,  o bien, cuando los  que lo escuchan caigan rendidos por el cansancio. Habla de todo, pero lo que más fascina a Roberto es cuando, ojos profundos y respiración acelerada de por medio, Ramoneda se interna por los misterios de las catedrales, el santo sudario y la pasión de Cristo, el Santo Grial y los Conjurados; así, hasta rematar con el tesoro de los cataros. O  cuando comienza a citar una larga bibliografía que va desde Denys Zachaire y  De Nuysement, y también G. J. Witkowsky o Elías Shadius, hasta los temas herméticos del estilóbato y la cocción del Rebis filosofal. A Roberto le fascina esto y va a quedar profundamente conmovido y estimulado por estas noches de charlas bajo la batuta de Ramoneda. Porque de ahí, casi invariablemente, el propio Ramoneda va  a seguir hablando del filósofo al que sólo se refiere con pasión, con el mote del rumano.  “El rumano dice esto, dice aquello; el rumano suele decir …”. Ramoneda se sabe de memoria un cúmulo de citas concebidas por éste a quien también ¾cuando la emoción le llega a los huesos¾ llama  el filósofo de la zozobra.

 

La tarde posee un cuerpo gris. Los pescadores se han marchado y sólo permanecen  los que, debido a la ingesta excesiva, se quedan a dormir a un lado del gallinero o tirados entre los costales de arroz. A lo lejos, se escucha la sirena de un barco que atraca en el muelle. Desde aquí, uno puede imaginar al puerto que flota en el sopor de este verano. Las construcciones y las grúas o los toneles de melaza y aceite que forman parte de la vida de Roberto.  En una esquina del solar, Boni duerme la mona. Un frondoso almendro se agita sacudido por el aire. Roberto se vuelve a levantar para ir al hoyo que se usa como mingitorio. Regresa y se lava sólo una de las manos. Advierte que en el azogue del espejo, en forma de un vaho que sube y no se apaga, yacen los restos del poema que escribiera con pura agua. Se moja otra vez el mismo dedo y completa (o cree completar) aquel poema:

      

 Como si fuera a morderse

 Pero insistente más que anatema

 El labio sobre la botella predice lo que sucede

 Cuando el placer se instala en el alma

 Y uno pronuncia, bajo este  silencio amargo,

 el nombre de la mujer a quien le gusta mirar a solas

 

     Los perfumes aumentan con el transcurso de la tarde. Los hay dulces y agrios, volátiles y perfectos. Uno de estos perfumes se enreda en las sienes; se mezcla con el aroma de la camisa azul, y se engarza a uno de sus tonos del Amarige que envuelve a Roberto. Éste, trata de recordar  dónde es que ha disfrutado de este aroma. Entonces se acuerda que debe haber sido la colonia que usaban  Robayna o Ramoneda:  un perfume entre limas y muguets que hoy le atraviesa las fosas nasales, baja al paladar y sube a esas regiones donde el cerebro abre otra vez aquella ronca voz: la voz de Ramoneda. Roberto comienza a escuchar algunas de aquellas citas pertenecientes al rumano; éstas, invaden  con su perfume las capas del cerebro y zarandean la memoria y al tejido de neuronas aún tibias por tanto alcohol. Una de estas citas serpentea por el cauce de este río magistral: 

 

 

 Tenerle no basta: además hay que sufrirla como una maldición, ver en Dios un enemigo, un verdugo, amarle pese a todo, proyectando en él toda la inhumanidad de que se disponga, de la que se sueñe.

 

      Y también, en el sitio del ojo titilante, cruce de la conciencia con las potencias del olvido, ¾y que el cerebro vigila con espadas¾ otro pensamiento del rumano surge vivo y letal. Roberto se pregunta  si acaso este carácter anatema y cauterizado, lleno de incertidumbre y desesperanza, no  es resultado de haber amado  ese cúmulo de ideas, pues, desde que escuchó a Ramoneda hablar del rumano,  se impuso pensar y hacer suyas esas vivencias intelectuales de las que  autor de El aciago Demiurgo y Breviarios de podredumbre hacía gala. Porque, si no entonces  ¿cómo es que hoy las recuerda con embeleso? Nada más cierto para Roberto que estas líneas tatuadas de alcohol y limadas por la aspereza de un mordico de almendra:

 

Cuando hayamos dejado de referir nuestra vida secreta a Dios, podremos elevarnos a éxtasis tan eficaces  como los de los místicos y vencer en este mundo sin referirnos al más allá.

 

    Morir de ideas no es lo mismo que morir por una idea. Así es que Roberto no dejó de asistir, desde aquella noche en que Robayna lo rescató de la soledad entre las vías,  a las reuniones en las que Ramoneda presidía. Había días en que se la amanecían. Con ánimos de soportar la noche lúcidos y atentos, todos la pasaban con una taza de café con alcohol, y el cerebro enfebrecido por el nutriente de estos versos letales.

    Cuando  Ramoneda terminaba la larga jornada, se levantaba, daba un sorbo a su café con brandy; permanecía en silencio un largo rato, luego se dirigía a la puerta. Antes de abandonar la habitación, dejaba caer algún pesado misil sobre la humanidad de quienes escuchaban:

 

 No seamos inútilmente amargos: ciertas quiebras pueden ser fecundas. Por ejemplo, la de la novela. Saludémosla pues; incluso lleguemos hasta celebrarla: nuestra soledad se encontrará de este modo reforzada, robustecida.

 


 

 

30

Roberto vuelve a su catre. La mente barre con todo pensamiento que se le aparece. “Si matarse en quitarse la vida; yo me quito la muerte” ¾recuerda sin rencor a Camus. Y también Cesare Pavese interviene con su “Basta, no escribo más”. Entonces y sólo entonces Roberto realiza, percibe, urde, cree haber encontrado la solución: una sábana negra, un duelo sencillo y sin flores, el luto de los pájaros y de las orquídeas, el envío de coronas con geranios y tulipanes ensartados; la fiesta y el sepelio con los del Tendedero jugando albur y tomando caña a su salud. El crematorio y la ceniza azul esparcida, a manera de polen morado y macizo,  sobre el manto del río que pega en la bocana.

 

 

 

***

    Hace unos seis días que Roberto no toca el alcohol, pero ya no soporta. Se levanta para sacar de debajo del catre-cama residuos que, imagina, debe haber quedado de la última botella de güin.

    Con un gesto del que apenas se da cuenta que practica ¾y que consiste en acercar el gollete del  pomo al ojo izquierdo para echar una mirada al fondo del mismo¾,  se da cuenta que el preciado líquido ha desaparecido. Las hormigas han entrado en el frasco y comenzado a poblar con sus cuerpos negros el fondo del vidrio.  Una de esos pequeños insectos hace danzar en la  conciencia adormecida  de Roberto el punto de su responsabilidad ante la botella. En un solo instante Roberto resume. En el resumen, lo que extrae es una luz oscura, al punto de la contracción (como esas estrellas que consumen su energía hasta convertirse en hoyos negros); pero a la vez que oscura, esa estrella refleja una uña luminosa: el deseo de seguir con vida. Para esto, en el revoloteo de papeles y pláticas que Roberto ha escuchado, se le pide que tenga fe, que se haga de una leve esperanza.

    Un alcohólico crónico como él, ya no posee fe. Son tan crueles y prolongadas las palizas que el alcohol le proporciona, que todo vestigio de esperanza por salir de esa caverna oscura, se ha ido esfumando con los días. Si acaso ocurre que una leve flama de certidumbre atraviesa por su corazón, ésta es apagada por la sed insaciable que Roberto muestra por el alcohol; la sustancia etílica vuelve a instalarse como la única esperanza de sentirse momentáneamente aliviado de ese dolor mental y espiritual que lo oprime. Por ejemplo, el ansia y el deseo de salvarse, de correr y deshacerse de todo el alcohol del mundo, de echar al mar esta cruel obsesión que le aplasta el cerebro, es directamente proporcional al deseo de zafarse de su propia vigilancia, correr, entrar  en aquel estanquillo de licor que abre las 24 horas,  y empinarse unos buenos tragos de alcohol de caña para calmar el sufrimiento indecible que ahora, bajo el síndrome de abstinencia, lo tritura.  Beber, aun a costa de su propia vida.

   

       Está a punto de levantarse para ir y pedir fiada una botella de güin, cuando sus ojos topan otra vez con aquella hoja sucia y arrugada que contiene el pasaje del libro de los Jueces. No sabe por qué, o si él lo hizo y ya no se acuerda, o vino alguien y cambió el marcado del texto, o jamás existió un lápiz fluorescente sobre la palabra misericordia, o sí existió pero ahora son dos las partes marcadas en la hoja; el caso es que, marcadas con un lápiz aún más resplandeciente y amarillo,  estas palabras explotan en la cabeza de Roberto: Y él les mostró la entrada de la ciudad, y la hirieron a filo de espada; pero dejaron ir a aquel hombre con toda su familia”. 

 

     En el centro de todo, todavía con la conciencia de ser carne y hueso podrido, la mente chasquea, brota en perdigones de plata sucia, y anuncia: “Ya me enseñé a ignorar este dolor transparente, plantado en mí como una cuña en el centro de mi más pura realidad, en el sitio más sensible del habla. Aquí, donde se reúnen los nudos del cuerpo y de la mente, creo percibir una luz que viene del fondo...”

 

    Del fondo de la conciencia y el recuerdo, y del terraplén de La Bruja y del sol que como un diente de león suelta sus volutas para iluminar los vagones. Del fondo de ese camino en el que aparece él mismo, débil y tambaleante, flaco y tembloroso, esquivo y sollozante; la muerte sobre él, con esa leyenda del poeta que anuncia “Vendrá la muerte, tendrá tus ojos”. La muerte y su explosión de pólvora que nadie imagina. Una muerte cargada de deleites y dédalos remolientes. He aquí, ese sollozo lejano y suplicante. Las luces de La Bruja que bajan en espiral, cohetones de presagio, con sus dotes de anestesia. Allí su  sombra misma, de rodillas frente a nadie. Él solo,  de hinojos  sobre las heladas costillas del riel. Si algo se dice a  sí mismo, no lo sabe y no lo sabrá Roberto. Sabe y conoce lo que le sucedió a Roberto Blaga a través de su vida: la metamorfosis, el ojo limpio y la boca fresca; el gesto y la luz y ¾sobre todas las cosas¾,  aquellas palabras que  Ramoneda pronunciara un día de lluvia y que ahora, no sabe por qué, han entrado como blandos cuchillos por la parte más débil de su cerebro:

 

Paciencia en lo azul

cada átomo de silencio

es la oportunidad de un fruto maduro

    

 

***

    En la total confusión de las imágenes y el sueño y el insomnio y la hipotermia y la fiebre-sudor, he aquí, ya no Roberto doblado y vomitando. Mas bien alguien, a flor de labio (un labio agrietado por la resequedad), diciendo algo, de rodillas y con la cabeza en el piso, y esa angustia de sangre que ahorca y despedaza.

    He aquí de pronto ese punto de luz, como un puño, como un haz de bilis cortante que baja y se instala en los patios de un corazón de sangres a punto de veneno.

 



[1] Julio o Agosto del 2003, Playa del Muerto, Boca del Río, Ver.

[2] Así se le llama al pulque.